Vivir en tu pecera

Vivir en tu pecera dentro de lo que marca el sistema y a su manera, vivimos en un entorno donde la densidad de población y la abundancia de alimentos concentrados y ultraprocesados nos transforma en una especie de granja humana moderna: comida fácil, rápida, de baja calidad, siempre disponible. El estómago y la fisiología nos mantienen con hambre constante, los horarios se diluyen, y las señales naturales de saciedad pierden fuerza. Desregulados emocional y físicamente, cuanto más nos controla el sistema, menos control tenemos sobre nosotros mismos y sobre nuestras familias.

En libertad, los peces buscan su alimento con esfuerzo: nadan, exploran, compiten y evitan depredadores. Esta actividad regula naturalmente la cantidad que comen. La comida es variada y no siempre disponible, por lo que su ingesta se adapta al gasto energético y a la necesidad real.

En la pecera, sin embargo, el alimento llega concentrado, fácil de acceder y sin competencia. Los piensos y escamas están formulados para cubrir los requerimientos nutricionales en pequeñas cantidades, pero los peces continúan comiendo mientras haya comida disponible. Esto altera su metabolismo, provoca acumulación de grasa, problemas digestivos y lipidosis hepática. Además, los restos de comida afectan la calidad del agua y facilitan infecciones.

El paralelismo con los humanos es claro: el entorno define la conducta alimentaria, y la ausencia de “fricción” para conseguir comida rompe los límites naturales del apetito.

Los humanos vivimos rodeados de alimentos ultraprocesados y de disponibilidad constante: pizza, hamburguesas, donuts, snacks como Doritos, patatas fritas, fingers de pollo, aros de cebolla, nuggets, empanados, bollería industrial, galletas, croissants rellenos, helados, chocolates, refrescos azucarados y un largo etcétera.

Plataformas como Just Eat, Uber Eats, Deliveroo y cadenas como Burger King, Telepizza, McDonald’s, KFC, Domino’s, Papa John’s nos traen comida rápida a domicilio, mientras los supermercados entregan directamente a casa productos ultraprocesados, fritos, congelados o precocinados. Millones de opciones al alcance de un clic.

El resultado de este entorno está reflejado en las estadísticas: más del 60 % de la población adulta española tiene sobrepeso o obesidad, con aproximadamente uno de cada cinco adultos obesos. Entre los niños, uno de cada diez tiene obesidad, y un tercio presenta exceso de peso. Además, alrededor del 5 % de adolescentes y jóvenes presentan algún trastorno de la conducta alimentaria, cifras que reflejan que estos fenómenos afectan a cientos de miles de personas.

Pero no solo es la abundancia y facilidad: están diseñados para enganchar. Los fabricantes y cadenas estudian sabores, texturas, combinaciones de sal, azúcar y grasa, colores y aromas para que repitas el consumo una y otra vez. Doritos sabor queso, barbacoa o picante, fingers, nuggets, pizzas con salsas irresistibles: todo pensado para provocar adicción sensorial y visual, estimulando el cerebro para que quieras comer más de la misma marca, más a menudo, sin darte cuenta. Este “enganche” refuerza la conducta compulsiva y hace que la abundancia combinada con la facilidad de acceso sea prácticamente irresistible.

El esfuerzo para obtener alimentos es mínimo, mientras los horarios y la organización familiar se desestructuran: cuanto más nos controla el sistema, más desregulados estamos nosotros y nuestro entorno, incluyendo a la familia con quien convivimos. La disponibilidad constante, la baja calidad de los alimentos y la presión del sistema económico hacen que, en términos de consumo, funcione como una “granja humana”: se abarata y concentra la comida para maximizar productividad y saciar rápido, sin importar la salud.

Los trastornos de la conducta alimentaria tienen como disparadores ansiedad, estrés, aburrimiento y conductas compulsivas/adictivas relacionadas con la comida. Comer en exceso, restringir la ingesta o alternar ambos extremos es un mecanismo para regular emociones, reforzado por la abundancia de alimentos y la facilidad de acceso. Al igual que en la pecera, los estímulos del entorno moldean la conducta, potenciando tanto la restricción como la sobrealimentación.

Al igual que en la pecera, cuanto más fácil y abundante es el alimento, más se pierde el control natural del apetito. Los humanos estamos desregulados emocional y físicamente: comemos a cualquier hora, saltamos horarios y perdemos los ritmos de saciedad. Otro factor importante es la velocidad con la que ingerimos alimentos: no es raro que haya personas que terminen una comida en apenas dos minutos. Comer rápido impide que el cerebro reciba a tiempo las señales de saciedad, lo que facilita la sobrealimentación y refuerza la conducta compulsiva.

La combinación de alta densidad humana, comida concentrada y barata, publicidad constante, plataformas de reparto y desestructuración familiar genera un entorno que potencia conductas compulsivas, adicciones y exceso alimentario. Cuanto más nos controla el sistema, menos control tenemos sobre nosotros mismos y sobre quienes nos rodean.

Si tenemos ceguera inducida por el sistema, también nos hemos vuelto insensibles al dolor después de darnos una y otra vez contra el mismo muro de cristal de la pecera. Sin embargo, seguimos dando vueltas infinitas sin salir del bucle de la comida artificial, de la amistad virtual, del amor superficial, del consumo infinito, y nos alejamos de nuestra esencia por naturaleza para convertirnos en un producto elaborado y manipulado, bajo un código de barras llamado DNI.

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