Sentimientos mercantilizados sin freno

La era digital ha convertido plataformas como Facebook, Instagram y TikTok en mercados del amor. Se venden cursos, consejos, contenidos y coaching sobre relaciones personales como si el afecto humano fuera un producto más.

Las aplicaciones de contacto, desde Tinder y Badoo hasta Meetic o Bumble entre muchas otras, prometen encuentros y conexiones significativas, pero su eficacia es pésima, aunque cada marca intenta posicionarse de manera diferente. Por ejemplo, las dos primeras se orientan más a encuentros casuales —entre paréntesis, sexo—, mientras que las dos siguientes buscan parejas estables.

¿Cómo se han desmoronado los valores que sostienen el alma humana en las últimas dos décadas? Ya es palpable. Todo el mundo se queja, pero nadie le pone freno.

El mercado del amor llega incluso al terreno legal. Notarios y abogados intervienen en coparentalidad, estableciendo acuerdos de cuidado y gasto al 50 % para hijos. ¿Cómo puede cuantificarse la crianza con esa actitud y mediante contratos entre dos partes contratantes que muchas veces son prácticamente desconocidas?

Existe un debate vergonzoso, que antes nunca fue público con tal descaro: algunas mujeres defienden y reclaman poder trabajar, ser amas de casa, cuidar a los hijos y asumir gastos equitativos, y muchas veces se divorcian, se deprimen y denuncian que son las únicas que cuidan de los hijos y realizan las tareas del hogar. Mientras, otras mujeres declaran abiertamente que buscan hombres proveedores a cambio de tareas domésticas y cuidados del hogar. Cuando estas mujeres encuentran a esos hombres proveedores, la relación suele ser aún más superficial, convirtiéndose en un intercambio de intereses: manutención a cambio de cariño y sexo. En ocasiones, muy contadas, pueden llegar a enamorarse y ser un vínculo verdadero, pero la base se construyó siendo un acuerdo conveniente.

Estudios antropológicos indican que el hombre solo busca sexo y la mujer sustento, protección y genética. Parte de la sociedad alude a la naturaleza de los géneros como si la historia de hace dos mil años determinara los comportamientos actuales, cuando en realidad son especulaciones basadas en análisis  hipotéticas.

El caos social es evidente. España registra cada vez más separaciones, familias fragmentadas con hijos de diferentes padres y convivencias complejas. Solo el 43 % de las mujeres y el 32 % de los hombres de entre 30 y 34 años viven en pareja conviviente. En 2024 hubo 86 .595 divorcios y separaciones, y cerca del 50 % de los divorcios con hijos menores aplican custodia compartida. Además, casi el 10 % de los niños menores de 15 años viven en hogares monoparentales, principalmente liderados por madres. Más del 10 % de los bebés nacidos en España no vivirán con su padre desde el propio alumbramiento debido a rupturas tempranas.

Las relaciones se construyen superficialmente en redes y plataformas de vídeo, sin fórmulas fiables ni enseñanzas éticas o eficaces. En este contexto, el amor y los sentimientos se mercantilizan sin control, convirtiéndose en productos que se compran y venden. Conceptos esenciales como felicidad, sexo, atracción, afecto y paternidad se despersonalizan, dejando en evidencia que, en la era digital, nadie parece recordar que el amor no se puede comercializar y que es el pilar fundamental que rige la vida de un ser humano.

Por contraparte, se promociona la alternativa de la soledad prolongada. Con esta teoría de individualismo y egoísmo, las personas sufren una carencia de estructura fuerte para sentirse integradas en un todo, donde son un pilar más del sustento de su unidad familiar. Sin este respaldo, la mente suele enflaquecer y ser más débil. Así, el sistema puede devorar a las personas con mayor facilidad.

Las consecuencias de la mercantilización del amor se reflejan en personas desubicadas, depresivas, sin rumbo, sin propósito, vacías y sin fe en la sociedad. Muchas personas de mediana edad asumen que ya no van a construir una familia; sienten envidia de generaciones anteriores, cuando el amor se expresaba con cartas escritas a mano, esfuerzo y constancia. Tal como están formuladas hoy en día la web, las aplicaciones, las redes sociales y otras plataformas de vídeo, todo está basado en patrocinio, publicidad y monetización. Es una estrategia clara por parte de los CEO o empresarios digitales. Cero mejoran la vida. La exposición constante, la búsqueda de validación y la superficialidad generan aislamiento y frustración. No son herramientas para superar la soledad o resolver problemas afectivos. Existen incluso casos de personas que subieron un vídeo a TikTok o redes sociales un día antes de suicidarse; la plataforma no les sirvió para aliviar su soledad ni sus conflictos internos.

Ni soy quién ni pretendo dar soluciones, ni creo que haya una fórmula definitiva. En mi experiencia de vida, que no es corta, diría que los convenios son los códigos, reglas y normas que decide una pareja. El resto de personas externas a ellos no debería juzgar ni pronunciarse. Si un hombre se siente pagafanta, debería dejar de ser proveedor. Si una mujer se siente maltratada en términos económicos —por ejemplo, porque el hombre sea drogadicto, alcohólico o ludópata y destruya toda la economía del hogar— debería tener la suficiente madurez para abandonar el barco hasta que la persona se ponga en tratamiento o se rehabilite.

Los que acuden a aplicaciones de contacto de sexo virtual y similares, si es su gusto gastar en tal producto, es tan respetable mientras los streamers estén sin coacción y sean mayores de edad. Quitando esto, todos los acuerdos en esta vida son válidos, mientras sean satisfactorios y auténticos. Es muy importante tener en cuenta que para que exista amor, deben darse ambos simultáneamente. Si solo se da uno de ellos, la relación fluye de manera unilateral y es otro tipo de vínculo.

Sentimientos mercantilizados

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