Nadie recuerda el punto de partida de la red emocional, pero presuponemos que el primer vínculo afectivo, no elegido voluntariamente, es la primera vez que te ponen sobre el pecho de tu madre. A partir de ahí, todas tus primeras relaciones personales, que suelen acotarse a la familia durante los primeros cinco años de tu vida, vienen impuestas, no seleccionadas voluntariamente. Aunque realmente tengo la teoría de que, de alguna manera, la selección siempre está influenciada; por tanto, nuestras relaciones nunca son totalmente voluntarias ni plenamente conscientes.
Por ello, queda intrínseco a tu forma de ser cómo te enseñaron a hablar, a andar, a jugar, a sociabilizar, y deja una marca permanente de por vida: las dinámicas familiares. Los estudios de psicología y psiquiatría muestran que los entornos y dinámicas familiares tóxicas, de maltrato o de discusiones, tienden a forjar individuos con problemas y traumas, aunque cada caso tiene su propia historia.
Las víctimas de malas dinámicas familiares potencialmente tendrán relaciones menos sanas, más conflictivas y menos duraderas. Y esto tiene sus raíces en el miedo heredado a querer y en el dolor que ese verbo pueda acarrear como consecuencia. Porque hay imitación de comportamientos automáticos y patrones de conducta, con mayor tendencia a replicar la mala conducta, y eso está muy ligado a los valores. Se deduce que, en tiempos actuales, un porcentaje muy alto de familias son desestructuradas, y sus descendientes, desde la generación millennial hasta la alfa, están desorientados, aislados y solos, y no es culpa absoluta de la tecnología.
Conviene recordar que todo tu entorno, sobre todo el adulto, viene influenciado de generaciones ancestrales. Todo en realidad es una sociedad heredada; la forma en que hablamos, actuamos, nos relacionamos, incluso cómo percibimos y elegimos vínculos, tiene raíces profundas que vienen de quienes nos precedieron, desde la edad primitiva hasta hoy.
Desde la primaria, ¿ quién no recuerda a ese amigo de la infancia con el que ha compartido los primeros juegos de la época, celebrado las primeras fiestas de cumpleaños, incluso conocido a sus padres y hermanos, al que has echado o te ha echado una mano para estudiar y comprender algo que no entendías, las primeras risas y bromas, los primeros celos? Y el gran temor cuando entraba alguien más en el grupo, y temías por perder su amistad. Eh ahí los inicios del celo, la envidia y la inseguridad dentro de la red emocional.
Tras esto llegas a la etapa de secundaria, donde la adolescencia en plena cima hormonal tiene un descontrol total de tus emociones: vuelcas tus secretos más íntimos en fiestas de pijama, en las discotecas light, en el parque, las primeras citas para estudiar los exámenes , hacer trabajos de clase o al menos esa eran la excusas. Hablas horas interminables sobre las chicas o los chicos del instituto, en especial sobre sexo contrario. Los primeros cotilleos y la tensión social de mantener toda una reputación comienzan justo en secundaria.
En esa etapa se tiene el primer enamoramiento y uno de los que más marcan tu vida sentimental. Y no te autoengañes, es la realidad. Ni siquiera hablo del primer beso; hablo de la primera vez que tocan tu corazón o sientes que quieres a alguien. Coincide que entre los 15 y los 18 años piensas que eso es para siempre, es eterno, que es lo más puro y auténtico, y quizás por eso recuerdas que es lo mejor, pero no por la persona, sino por el momento.
Llega la facultad o la incorporación laboral. Mucha gente rompe con los vínculos de la infancia y la adolescencia; otros los mantienen, pero más en segundo plano, porque tienen menos tiempo o ya hay menos afinidad. La vida te distancia, las circunstancias, las situaciones. Los acosos en los centros educativos y laborales dejan una huella tremenda, a menudo difícilmente tratable médicamente.
Pero por contraparte, muchas personas viven todas estos ciclos en cierta armonía y estabilidad. Recuerdas aquel primer compañero, el primer día de trabajo que te echó una mano porque estabas despistado; aquel jefe que te dio una segunda oportunidad; y también recuerdas aquel compañero y jefe que se quiso aprovechar de la situación. Depende, no sé cuál será tu caso.
Tan certeramente el refrán “el roce hace el cariño”: cuanto más tratas a un amigo, a una pareja, a un familiar, más cuesta el desapego, más cuesta dejarlos en una estación, como dice la metáfora, y seguir tú con el tren en marcha recorriendo tu vida. Y parece que muchas rupturas son inevitables. ¿Cuántas personas permanecen inamovibles en tu vida desde que naces hasta que mueres? Practicar el desapego parece un ejercicio obligatorio. Incluso si no lo provocas, sucede. Aquel vínculo que pensabas que nunca iba a desaparecer de tu vida diaria, ¿ cuántos años llevas sin verle? Y, sin embargo, ¿ cuántas veces lo has recordado? Y de seguro que alguna vez lo has soñado.
Así que te quedarás con su forma de besar, abrazar, te quedarás con sus muletillas al hablar, te quedarás con aquella receta de cocina y la repetirás. E inevitablemente, de toda su impronta emocional, te quedarás con muchos gestos y expresiones a tope, y accionarás de forma similar, incluso aunque aquellas acciones de las que te has contagiado sin querer, para ti fueran inadecuadas y destestables.
Pero lo más importante es que cada persona de tu red emocional forma una semilla, y en el jardín de tu vida está lleno de plantas. Y aunque tú creas que están lejanas y marchitas, siguen presentes en tu personalidad y en todo tu ser.
Y no solo la red emocional está formada por personas o relaciones de largos periodos de tiempo. Un minuto, un cruce de miradas o una conversación con alguien deja huella y semilla en ese jardín. Y toda esta siembra es una influencia directa en el ser humano que eres hoy en día, y el ser que serás en un futuro provendrá de que el viento atraerá nuevas semillas con las que chocarás de forma más ligera y fugaz, o un choque más fuerte y retenido.
Y esto es así hasta el fin de tus días, cuando un desconocido te da la mano en tus últimos minutos de agonizar en un hospital, residencia o similar, hasta aquellos niños que tú, ya octogenario, vas a ver a través de las rejas del colegio y, sonriente, una niña te dice «Hola», y ya te ha hecho feliz para todo el día.
Pero no siempre se da la cara amable de aquel vecino que te saluda y te pregunta qué tal, o del adolescente al que sujetas la puerta y te da las gracias, la contraparte dura del adolescente o del cuidador que te dice “viejo inútil”, o aquel cuarentón que te gritó o pitó en la carretera siendo un conductor novato… Esos breves minutos de interacción forjan tu persona.
Y vuelvo a reiterar: aunque haya sido un período breve de tiempo, lo puedes recordar años después. Aquel profesor que te suspendió, aquel dependiente que no quiso devolverte el producto y te engañó, aquella infidelidad o deslealtad…
¿Se puede aprender a gestionar toda una vivencia con otras personas? ¿Realmente crees que has elegido tus vínculos? ¿Por qué?
Y no solo es por la evolución personal. Lo que te vale en cierta etapa de tu vida años después puede que no, y viceversa. Y no hablo solo de personalidad, también de atracción física, compatibilidad, empatía, congeniar, etcétera.
¿Ese aprendizaje estaba designado o ha sido buscado?
Deseo hacer referencia a otro dicho popular: Dime a qué árbol te arrimas y te diré qué sombra de cobija. El resultado de esa sombra eres tú.
Así que, para terminar, te invito a hacer una actividad muy emocional. Tengas la edad que tengas, haz una lista de todas las personas que recuerdes. Tómate tus días para elaborarla.
¿Qué te ha aportado, bueno o malo? , ¿ qué es lo que se te ha grabado a fuego y no olvidas? La impronta.
Y cuando lo termines, ¡ea!, has elaborado tu biografía.
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