Los insaciables famosos: cómo eclipsan y limitan a los anónimos en redes sociales

Allá por 2005 empiezan a nacer las primeras plataformas de vídeo que monetizan. Es un campo desconocido. Las grandes empresas aún no inyectan demasiada inversión en publicidad, porque no pueden prever los resultados de las campañas. Así que muchas personas anónimas empiezan a grabar todo tipo de contenidos, pero principalmente de videojuegos y como medio para sociabilizar, incluso con fines de acaparar protagonismo y ensalzar egos.

Tres años más tarde llegaron las aplicaciones en el móvil, y este tipo de negocio proliferó acelerando de una forma brutal. A día de hoy, las principales plataformas para monetizar son cinco: YouTube, TikTok, Facebook, Instagram y Twitch.

En los primeros años de nacimiento de estas startups, a la gente famosa de la televisión, del cine y de la radio no le interesaba y estaban totalmente despreocupados. Los pioneros anónimos ganaron tanto dinero que querían darse a conocer en otros medios de comunicación, porque los conceptos de poder y fama siempre van unidos. Quieren  alardear ante los demás del patrimonio que han logrado, del lujo en el que viven y fardar de sus vidas perfectas, tal y como hacían las míticas personalidades como Isabel Pregley, Ana Obregón, Julio Iglesias y centenas de celebridades más.

Ignorantemente, lo que lograron fue cavar su propia tumba, porque inmediatamente los famosos observaron el filón de este fenómeno en las redes, tanto económico como de popularidad. Y se avalancharon como buitres.

Las consecuencias que derivaron fueron principalmente que, en breve periodo de tiempo y con menos esfuerzo, los famosos tenían mucho más ingresos y acaparaban parte de las cuotas de visualizaciones y espectadores al resto. No afectó tanto a los influencers o creadores de contenido que ya estaban posicionados, pero sí a los novatos que comenzaban. La otra consecuencia directa fue que Hacienda no se quería perder su porción de la tarta.

Entonces llegaron al mundo virtual las mismas desigualdades de poder, economía y clase social que hay en el mundo real. En la actualidad, todo el mundo mata por salir en la televisión, pero no solo por lo que pueda cobrar en este medio, sino por la visibilidad que alcanza para que luego, por su nombre, le busquen en las redes sociales y pueda ganar más seguidores en menos tiempo. Por ejemplo, los concursantes anónimos de Gran Hermano, OT o de Supervivientes alargan su fama y su fortuna haciendo fieles a su nombre. Sus seguidores cuentan su vida diaria, los secretos del concurso y se inventan todo tipo de tramas para poder seguir estando en la palestra.

En sigilo llegan los famosos: las grandes celebridades, futbolistas, actrices y presentadoras, que ya tienen ralea, y que además incorporan a todo su árbol genealógico a participar del show de las redes sociales. Últimos fichajes incorporados que han eclipsado: Pilar Rubio, Aitana, Cristiano Ronaldo, Georgina y un infinito etcétera.

Luego, los famosos de una liga menor incluso emiten en directo todos los días, como Kiko Rivera en TikTok.

La pila de admiradores de estos últimos no solo proviene de adorarles o magnificarles; muchas veces es puro interés. Piensan si logro captar la atención de este famoso, consigo contactos, influencias y puedo moverme en su mundillo, y esto es la regla directa que conduce a ganar más pasta.

El pobre desconocido, sin empleo fijo, al que le están vendiendo que ganar dinero en estas plataformas es fácil de alguna manera, solo encontrará barreras. Cada año que pasa, estas startups están más masificadas de personas y más explotadas.

Frente a un famoso que desde el minuto uno puede comprar seguidores aunque no lo necesite, contratar a profesionales que le hagan todo el marketing con las herramientas tecnológicas adecuadas y posee más colaboraciones y patrocinios gracias a su red de contactos, el pequeño anónimo no va a hacer nada. Quizás, si es constante y tiene un golpe de suerte, alcance un mínimo nivel de éxito, como para generar entre mil y tres mil euros al mes. Solo un 1 % tiene ese rafagazo de conseguir un ingreso estable en ese rango.

Asombroso es que, aunque los famosos tienen managers que gestionan sus cuentas de redes sociales, la pereza no debe de estar en sus diccionarios. Están impolutos cada día, retransmiten cada movimiento que les interesa y muestran un mundo perfecto e idílico. Por mucho que tengan secretarios o asistentes que les den ideas, igualmente tienen que levantarse para hacer gimnasia y luego grabarse un vídeo comiendo un enorme bollo, como Pilar Rubio, o ibéricos, como Georgina. Más tarde, publicarán cómo llevan a sus hijos al colegio con el chófer. Los exponen a críticas sin ninguna necesidad, y todo porque no se sacian ni del dinero, ni de la fama, ni del poder que dan ambos dones juntos.

Esta gente piensa que es eterna, al igual que toda su prole. Y lo peor, las personas que consumimos este tipo de contenido: la famosilla en el vídeo entrando en una tienda de Gucci en la calle Serrano, mientras ves cómo la tratan como a una reina, le preparan un cóctel y le hacen la pelota. Y tú, observando desde tu cutre camastro en un minipiso de la zona sur de Madrid, comiéndote unos gusanitos del Mercadona.

Ahora bien, ¿vas a seguir participando en hacer al rico más rico y tú quedarte en la posición de pobre? , ¿o vas a apoyar negocios locales, proyectos digitales independientes, al anónimo que acaba de empezar en redes, para que el dinero fluya y pueda resurgir de sus cenizas la clase media que perdimos hace 20 años?

No olvides que el sistema controla tu atención y te somete. No es ocio, no es entretenimiento y no es diversión. Es supresión.

Si sigues siendo un fanático de los famosos y los ricos, creyendo que son seres superiores a ti, lo que provocas es que tus generaciones venideras —y tú mismo— nunca escaléis a un estatus social mejor del que nacisteis.

Comparte conocimiento

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio