La innata maldad humana

Eh, lector, no te creas inocente: seguro que en algún momento has tenido pensamientos impuros o impulsos de maldad. Y de repente aparece Pepito Grillo y dice: “¡Desvía, desvía tus pensamientos!”. Eso está muy feo. Pero, en ciertos momentos y para algunas personas, el consejo no llega a tiempo.

Los inicios crueles deben tener su origen en la infancia, en las envidias que surgen en nuestros entornos sociales. Sin olvidar los momentos en que tus padres o abuelos te castigaban y tú deseabas que cayeran al suelo, isofactos e inertes.

Ah, sí, y ese primer “suficiente” o suspenso de primaria, con el que lanzas tu primer insulto e imaginas al profesor recibiendo diferentes torturas mientras daba clase.

Y esto no acaba aquí. Se amplía al instituto, a la facultad y, sobre todo, al examinador del carné de conducir, una figura que no olvidarás jamás.

A partir de ahí, es un pequeño descontrol sin freno: ansias de retorcer el cuello a esa amiga que te traicionó, a ese novio que te fue infiel, o a ambos a la vez. Si, las causas las crearon conjuntamente.

Y esto es una bola que no para de rodar: el ascenso laboral de la compañera que tú llamas pelota —pero que seguramente se mueve con una inteligencia social mayor que la tuya—, aquel jefe que te exprime por lo que consideras un bajo salario… Tu imaginación vuela proyectando todo tu odio en ambas figuras hasta que perezcan.

Hasta que, según vas madurando, llegas a desear la muerte a personajes públicos, políticos, actores o influencers; lo que hoy en día se conoce como haters.

Y hasta aquí he hablado de la maldad buena.

Haciendo un punto y seguido, aludimos a la maldad regular, normalmente provocada por los celos —especialmente en el ámbito sexual— y por la avaricia, casi siempre ligada al dinero.

Ahí nacen los primeros chantajes a familiares cercanos: padres, hermanos. De ahí se extienden a terceros, amigos y conocidos. Después se trasladan al terreno amoroso, para mantener a la pareja dentro de unos límites controlables.

De la avaricia humana surgen también los chantajes a compañeros de trabajo o a superiores, con el objetivo de trepar en la escala social y económica. Están presentes en el mundo de las redes sociales y en el faranduleo. Es la misma dinámica, aunque el término ya no sea “chantaje”: se hace en voz pública o mediante filtraciones.

Aun así, tiende a ser una maldad competitiva, humano contra humano: el liderazgo, el poder, la fama, el ansiado buen vivir. Y, pese a todo, la maldad regular sigue teniendo cierta contención en las mentes que la ejecutan.

En un punto y aparte, nos referimos a la maldad sádica: aquellas figuras dictatoriales y tiranas, o quienes, sencillamente, parecen haber nacido con el mal estructurado en sus cerebros; asesinos en serie.

También los atracos y robos violentos que terminan con víctimas, donde la codicia ignora derramas de sangre.

La ley atenúa en ocasiones la responsabilidad cuando hay exceso de drogas o alcohol. Pero ¿acaso esa venta incontrolada de productos que deterioran la salud y el juicio no funciona también como coartada para que el mal siga circulando en un bucle infinito?

En paralelo, tenemos máquinas de matar, armas y similares. ¿Hasta qué punto de maldad llega un cónyuge que asesina al otro, o un parricida? ¿Qué impulso lleva a un violador o a un pederasta a cruzar ese límite? ¿Qué alma puede sostenerse ahí?

Y aquellos mandamases que no se saciaron guerra tras guerra, muerte tras muerte, como ocurrió en las Cruzadas en nombre de Dios, o como ocurre hoy en el terrorismo que también se ampara en fanatismos religiosos.

Aquel que mata impasible a desconocidos para calmar su odio interno… ¿logra alguna vez saciarlo?

¿Podría existir una cura para el mal ajeno? ¿Una pastilla que reparase los circuitos neuroconductuales y las áreas estructurales del cerebro? ¿Alguna cirugía para el alma? ¿Un curso o taller de bondad impartido desde la infancia? ¿Una reinserción mejor planificada?

¿O, simplemente, la crueldad y la perversidad, el sabotaje y la malicia son intrínsecos al ser humano?

Para no ahogarnos ante la depredación humana, se inventaron historias como la de Caín y Abel, Adán y Eva, el ángel y el demonio. Relatos que intentan explicar el origen del mal, darle un marco, una razón, un castigo o una redención.

Porque, sin una justificación sobre su raíz, sin una narrativa que lo contenga, ¿no nos abocaríamos a una desesperación sin fin?

Quizás, como contrapeso, perseguimos la felicidad, la bondad, la generosidad; lo celestial en un mundo terrenal, lo idílico como defensa frente a lo brutal.

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