En España, la ley de eutanasia ya no es solo un debate legal. Es un examen de nuestra sociedad. Un juicio sobre cómo valoramos la vida de los jóvenes. Sobre cómo fallamos a los más vulnerables. Sobre nuestra indiferencia. España es uno de los cuatro países europeos que permite la eutanasia.
La ley permite la eutanasia a quienes sufren física o psíquicamente. Pero la práctica revela algo alarmante: muchos son jóvenes, frágiles, solos. Sin redes familiares que sostengan, sin apoyo social, sin acompañamiento real y demasiada tecnología al alcance de una mano. La salida rápida se disfraza de derecho.
En muchas comunidades autónomas ya es posible acceder y descargar online la documentación para solicitar la eutanasia. El proceso, cada vez más digitalizado, acerca un trámite de enorme trascendencia a la inmediatez de una pantalla. No es descabellado pensar que, en poco tiempo, parte de la solicitud pueda gestionarse de forma telemática, reduciendo a unos clics el inicio de una decisión irreversible.
Los sistemas de apoyo fallan. Jóvenes que podrían vivir con sentido se quedan en el vacío. Familias ausentes. Profesionales escasos y poco formados. Consejos superficiales. El resultado: soledad, desesperanza, muerte legalizada.
La donación de órganos lo complica todo. Se sugiere automáticamente al pedir la eutanasia. La vida de los vulnerables parece tener valor solo por su utilidad. España lidera trasplantes, sí, pero no todos reciben lo que necesitan. La eutanasia puede parecer compasión. A veces es cálculo. Negocio. Ahorro de recursos. Y también exposición del mal ajeno: cada caso de eutanasia en jóvenes se convierte en noticia, en contenido, en audiencia. Entrevistas, reportajes, especiales en televisión, prensa y medios digitales. Dolor convertido en producto intangible de máxima explotación, que genera tráfico, impacto y alta rentabilidad.
Y la sociedad, ¿dónde está? No sirven condolencias ni homenajes públicos. Hay que pedir perdón. Por la pasividad. Por la indiferencia. Por dejar que los jóvenes mueran mientras defendemos otras causas(violencia de género, víctimas de guerra etc… ) con la misma vehemencia que olvidamos a quienes no tienen voz. La ayuda real cambia vidas: voluntariado, acompañamiento, centros de contención, recursos médicos y psicológicos. Todo lo demás es postureo.
Eutanasia en menores de 30 años. Una pregunta incómoda: ¿les damos la muerte porque fallamos en darles vida? Jóvenes sensibles, creativos, inteligentes. Solos y atrapados en un mundo que no comprende sus miedos ni sus ilusiones. La ley promete dignidad. Pero cuando falla el entorno, se convierte en salida rápida.
La eutanasia es la consecuencia de una sociedad que aplaude ante la demagogia y se queda impasible ante el dolor de sus semejantes. La responsabilidad no es solo del que sufre; es de todos los que le rodean, incluso los que les increpan llamándoles cobardes y permanecen observando e indiferentes.