¿Por qué los políticos en España se empeñan una y otra vez en aprobar o modificar leyes acerca del aborto? Es una táctica para mantenernos distraídos: un debate absurdo que a nadie le atañe, mientras ellos hacen de las suyas. Porque es una obviedad que toda mujer que se ha realizado un aborto inducido, en silencio, sufre una huella eterna.
Cuando la mujer es víctima
Desde el primer momento en que la mujer intuye o certifica que está embarazada, aunque sea deseado, tiene miedo y sufrimiento. Te voy a dar una lista de las principales causas de concepción no deseada:
Cuando dos personas mantienen relaciones sexuales bajo los efectos del alcohol o drogas.
Cuando la mujer ha sido sometida a violencia física o incluso abuso psicológico.
Cuando los métodos anticonceptivos fallan.
Incluso en parejas estables, cuando los hombres violan el consentimiento de la mujer, terminando en su interior: es una forma de imposición, violencia, sometimiento o coacción.
Cuando el embarazo ha sido deseado por ambas partes, pero el futuro padre cambia de opinión y deja de asumir la responsabilidad o rompe la relación.
Pre-aborto
Desde que la mujer es conocedora de que está gestando una vida en su interior, dará igual el apoyo exterior que tenga: entrará en un torbellino oscuro de soledad. Esa toma de decisión es más dura que juzgar a alguien en los tribunales para sentenciarle culpable o inocente, incluso si la pena es el corredor de la muerte. No solo lidiará con sus dolores físicos de las primeras semanas de concepción, sino que entrará en un daño psicológico profundo.
Por poca conciencia que tenga la mujer, durante el proceso de decisión estudiará todas las etapas por las que pasa el embrión. Si cuándo llega el alma a la materia, es en el momento en que esperma y óvulo se unen o cuando se alumbra. Navegará decenas de horas en Internet leyendo cientos de testimonios de otras mujeres que ya se han sometido al aborto. Tendrá miedo a las consecuencias físicas, tanto presentes como futuras. Hará un máster en medicina para saber si es mejor el aborto químico o quirúrgico.
Más de una vez hablará con su tripa y, obviamente, no obtendrá respuesta. Puede que, si es creyente, también hable con su dios. Y la respuesta divina vincula directamente con sus valores y ética. Ahora puedes imaginar hasta qué punto exhaustivo y agotador está, la mujer que tiene que decidir si aborta . ¿Es necesario que se apruebe una ley para que las mujeres sepan qué consecuencias y traumas hay después del proceso? ¿En serio, o es esto otro negociazo? Presupuestos para un programa de concienciación, financio por aquí y desvío por allá.
Durante la decisión
Cuando la fémina ha tomado la decisión, si la persona corresponsable del embarazo se ha desentendido, probablemente acuda sola a la clínica. Incluso teniendo amigas, es algo difícil de contar, pero sobre todo, de pedir acompañamiento para el proceso.
Si el aborto inducido es por la vía pública, deberá esperar varios días antes de la intervención. Además, la primera cita suele demorarse mucho, y esa espera se convierte en puro tiempo de agonía. Entonces, la otra alternativa es una clínica privada, porque acelera el proceso y, por lo menos, alivia parte de la asfixia y el sufrimiento de la persona.
Cuando llega a una clínica de aborto, se encontrará abrumada y sentirá la peor persona del mundo, un alma diabólica, una asesina.
Al entrar por la puerta, tras esquivar educadamente al grupo Provida, en la sala de espera solo habrá caras lánguidas. Y esto es por dos grandes motivos: primero, porque cualquier intervención médica en sí es importante, y la mujer ha tomado la decisión con miedo, sin tener nunca la seguridad al cien por cien de que sea la correcta; y segundo, porque hay otras personas, otras mujeres, incluso embarazadas de cinco meses, para quienes seguir con el embarazo adelante supone un riesgo para su vida o porque los bebés vienen con malformaciones. En esos casos, la decisión es un poco más obligada que de preferencia, aunque el dilema moral es el mismo.
Si la mujer ha decidido el aborto químico, le darán unas pastillas que harán efecto en unas horas. El proceso será doloroso, pero sobre todo, muy presente. Y, literalmente, verá toda la sangría. Ciertamente, por poca conciencia que tenga, será un mal recuerdo que la perseguirá.
Si, por otro lado, la intervención es quirúrgica, podrá elegir entre anestesia local o total. La anestesia local tendrá menos riesgos para la persona intervenida, pero al estar despierta notará cierta molestia y se acordará de esa escena, que se grabará en su mente de por vida. Así que la mejor opción suele ser la anestesia total. Se quedará dormida y, cuando se despierte, la intervención habrá terminado. A ciencia cierta, muchas mujeres se quedarán dormidas con lágrimas en los ojos. Cuando abran los ojos, verán las camillas y más mujeres tumbadas, como ellas, con camisones blancos. Aquello parecerá la matanza de Texas.
Mientras la mujer sentirá en su vientre ese vacío, llegará una enfermera que le arrancará un vendaje kilométrico de la vagina y que le dirá: deberá tomar el antibiótico, no deberá tener relaciones sexuales durante quince días y deberá acudir a la revisión. Habrá mujeres que, si pueden, no tendrán relaciones en años después de tal trauma. Otras sí podrán, y a los pocos años se consolarán y traerán otro hijo al mundo para limpiarse de esa culpa, pensando que es la reencarnación del que abortaron.
Post-aborto
El post-aborto, ya en sus casas, no será más ligero: tendrán molestias físicas y el amargo recuerdo del sangrado, sabiendo que no proviene de la menstruación. Y el resultado será mucho respeto y mayor precaución ante futuras relaciones sexuales.
Todas estas emociones y sentimientos son la norma que rige el proceso del aborto para la mayoría de las mujeres, aunque siempre existen excepciones. Hay minorías de mujeres que viven el concepto y la intervención con alegría, llegando a interrumpir embarazos hasta siete u ocho veces al año, utilizándolo cruelmente como un método anticonceptivo mas. Obviamente, este tipo de personas no acudirán a clínicas privadas, sino a las que les salen gratis, colaboradoras con la Seguridad Social. Y, sin embargo, en estos casos, los políticos no intervienen ni limitan con una ley el número de interrupciones del embarazo por mujer.
Conclusión
Y zanjamos este tema tan delicado, insistiendo en que quién debe tomar la decisión es la mujer, y la ley solo debe establecer los límites temporales para ejercerla. Además, tanto la sociedad como los políticos deberían ocuparse más de las pelusas que tienen escondidas en su propio hogar y de los secretos oscuros de su familia, en lugar de ensuciar los hogares e invadir las familias de otros.