La infancia no está llena de recuerdos claros. Antes de los 4 años, nuestra memoria es borrosa. Entre los 4 y los 11 años, los recuerdos empiezan a surgir, pero son fragmentados. Son ráfagas de situaciones, personas, momentos que no llegan a ser completos.
Imagina una mañana en el recreo del colegio, el ruido, las risas, pero poco más. O una charla con tu abuela, sus palabras de cariño. Lo que recuerdas no es exacto, sino cómo te hizo sentir ese momento: la alegría, la calma, o tal vez la incomodidad.
Los estudios muestran que recordamos de manera subjetiva, no cómo fue exactamente, sino a través de lo que sentimos por aquel entonces, comparado con lo que vivimos ahora.
Esos primeros 12 años son los que realmente forjan los cimientos de tu personalidad y esencia. Sin embargo, durante esa etapa, tú poco portas y mandas ahí. Tú eres insignificante a la hora de construir lo más significativo de tu yo.
A partir de los 12 hasta los 22 años, entras en un proceso de autodescubrimiento. Estás intentando entender qué producto has recibido de tus padres, familiares y allegados, aquellos que han entrado y salido de tu vida, moldeándote de formas que muchas veces no entiendes. Es el momento de probar nuevos límites, de enfrentar situaciones desconocidas, de conocer nueva gente, y sobre todo, de centrarte en relaciones personales e íntimas. El campo del sexo se convierte en un motor principal de esa edad.
Desde primaria, has podido ser un niño competitivo, que se fastidiaba al perder al balón prisionero o te frustraba ser el peor en la asignatura de plástica. Pero, al llegar a la siguiente etapa, a competir se le añade una capa más: ser aceptado socialmente, y con ello, el éxito. Esta pelea por la aprobación de los demás, y sobre todo por alcanzar esa fama y éxito, se ha acentuado aún más en los últimos años, impulsada por las redes sociales y el mundo digital.
Ese niño está creciendo al mismo tiempo que ansía fama y dinero, en un momento donde debería estar asentándose los valores de una persona y adquiriendo los conocimientos necesarios para un correcto crecimiento, evitando así presentes y futuras disfunciones emocionales y psicológicas.
Aproximadamente a los 22 años viene el primer rafagazo de realidad. Puedes recién haber terminado tu carrera universitaria, llevar pocos años en el mercado laboral, o bien ser del monto de los deprimidos, prematuros, y haberte tomado unos años sabáticos. O la excusa de descansar y repensar. Tal vez ya hayas experimentado un fracaso amoroso y alcanzado una madurez suficiente como para darte cuenta de que la vida no es un juego. O que no sigues el plan que tenías con las dos etapas anteriores. Aquí no hay inocencia, ni medicina milagrosa, ni charla poderosa que te ayude a asimilarlo. Es realidad versus expectativas.
Y entonces, si eres del grupo de los valientes, te inyectas una dosis de fuerza de voluntad, espontaneidad, y de forma innata esa gran impulsividad junto con tu juventud. Y retomas tu trayectoria con energía e incluso con alegría.
De repente, mágicamente, ha pasado una década y se dan situaciones variables. Con treinta y pocos años empiezan a asomar las primeras dudas. Te empiezas a comparar un poquito con tu entorno y dices: ¡Uy! Los de mi edad ya se han casado o tienen hijos. Fulano lo han ascendido en el puesto de trabajo. Estoy sometido a una relación por interés y comodidad desde hace muchos años, y ahora el mercado sentimental está muy mal como para dejarlo, aunque no vaya a ninguna parte con esa persona. Ya sabemos ambos que no hay futuro. Ya he tenido dos fracasos laborales. Incluso lo he intentado siendo autónomo. Realmente ya no tengo la misma conexión con mis amigos, y los pocos que conservo están tan centrados en sus propias familias que los veo poco. ¡Ostras! ¡Estoy completamente desorientado! No sé cómo estoy gestionando mi vida. Todo esto me está agobiando. No sé cómo enderezar el camino. Bueno, dentro de lo que cabe, aún soy joven. Vamos a esperar a que pase el tiempo. A ver qué ocurre.
Y, exactamente, mientras transcurre el tiempo, te has casado con esa persona porque era lo que correspondía después de tantos años. Y, sí, encuentras cariño, pero con restricción de pasión y amor, y tienes que hacer un esfuerzo para encontrarlo. O has tenido un hijo. Y llega tu primera crisis de los treintitantos. En primera instancia, piensas en ser infiel a tu pareja para encontrar pasión y motivación. En la segunda vertiente, el deseo se hace hecho. En la tercera y más común, en los tiempos que corren, se desestructura esa familia, y al poco de nacer los hijos, la pareja se rompe. Quedas atrapado en un trabajo con un entorno laboral que no te agrada, pero hay que pagar la pensión de alimentos, las facturas, e incluso el poco ocio que te resta. O peor aún, después de haber sido independiente, tienes que volver a casa de tus padres. Este grupo es de los menos, pero puede que te hayas quedado en un proceso de inmadurez completa y sigas actuando como si tuvieras 20 años y a punto de cumplir los 40, nunca hayas salido del nido paternal y sigas igual de vacío.
Chascas los dedos y te has plantado en los 40, justo donde nace el dilema existencial. Te preguntas si te has perdido, en qué punto del camino fue, o si es que la vida es una perdición en sí misma. Memoria atrás, todos los obstáculos, adicciones, problemas en todo tipo de ámbitos que saltaste, esquivaste y superaste. Y te cagas de miedo por todos los que vendrán ahora, porque la goma se ha dado mucho de sí, esa goma es tu vida y está a punto de romperse, ya no estira más, ya no tiene la misma vitalidad y elasticidad. Y te cagas de miedo de tener que afrontar lo mismo. Quieres justo, tranquilidad y equilibrio. Coño, esto no es lo que buscan los jubilados. Estoy en la etapa antecesora. Me estoy preparando para el ocaso de mi vida.
Forma infalible universal de consolación
En las diferentes etapas recurrirás de forma reiterada a los momentos de tu infancia en busca de sentido, protección y emociones positivas. Esta fórmula no científica es un chute de energía en forma de recuerdos que vuelven: la sensación de los primeros besos, ir a comprar chucherías con los amigos, de encontrar los regalos de Reyes bajo el árbol, el berrinche que se te pasaba abrazando el oso de peluche, tomar una hamburguesa mientras te visitaba en la mesa Ronald McDonald, y los buenos momentos con los primos.
Y aunque aún no he muerto, porque si no, no estaría escribiendo estas líneas, pondría la mano en el fuego, en que, en tu vejez, tomando el último aliento de vida, vuelves a usar la Forma Infalible Universal de Consolación.
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