Durante décadas se nos ha repetido que tener un empleo era el punto de partida hacia una vida digna. Trabajo significaba independencia, estabilidad, progreso, posibilidad de escalar, mejorar el salario, acceder a una vivienda y proyectar un futuro. Hoy, en España, esa promesa se ha roto. Tener un trabajo ya no es sinónimo de poder independizarse ni uno, ni cinco años después de haberlo conseguido. No garantiza calidad de vida, ni estabilidad, ni mejora profesional. No garantiza nada.
Desde la entrada del euro, incluso antes de la crisis de 2008, el progreso personal y la calidad de vida apenas han avanzado. Vivir cuesta cada vez más y, a cambio, recibimos menos. Pisos diminutos a precios inasumibles, alimentos ultraprocesados que tienen de todo menos comida, ropa más barata pero peor cosida que la de nuestros abuelos, muebles de aglomerado donde la madera maciza es un recuerdo lejano. Las viviendas se asemejan cada vez más a nichos por los que se paga una fortuna, con una superficie que no dista mucho del hueco que nos espera en un cementerio.
La realidad material es clara: para sobrevivir hacen falta al menos dos sueldos. Pareja, compañero de piso, amigo, familiar. La independencia individual es una excepción, no la norma. Y cuando el trabajo no permite sostener una vida digna, deja de dignificar. Se convierte en mera obligación.
Este deterioro atraviesa todos los sectores. Alimentación, energía, textil, sanidad, hostelería y turismo transmiten una sensación generalizada de estafa. Basta con entrar a un hotel en temporada alta para comprobarlo. Eres tratado como un rebaño: colas interminables, servicios deficientes, comida de baja calidad. Es peor que la cárcel. El ocio ya no descansa, agota.
¿Dónde están los progresos? ¿Dónde las huelgas efectivas en sanidad, agricultura, servicios, etcétera? No se perciben cambios estructurales, solo una adaptación resignada a la imposición del gobierno de turno o de una economía globalizada que nadie parece cuestionar. El trabajo se utiliza como campaña política, como herramienta moral para medir el valor de una persona.
Hemos interiorizado de tal manera el valor del dinero que solo consideramos productivo aquello que genera ingresos. Todo lo demás queda invisibilizado. La creatividad, el emprendimiento que no monetiza aún, los servicios no remunerados, los cuidados, las acciones sociales, el tiempo dedicado a pensar, a aprender, a sostener a otros o a crear sin retorno económico inmediato pasan a no valer nada. Como si no existieran. Como si no produjeran. Y, sin embargo, son precisamente esas actividades las que sostienen la sociedad. Esta lógica perversa provoca que muchas personas se sientan invalidadas: si no generas dinero, no generas valor; si no produces beneficios, tu vida parece prescindible o carece de sentido.
Y cabe preguntarse: ¿en qué momento se decidió que trabajar cuarenta años sin parar es algo intrínseco a la naturaleza humana? No nacimos con un manual de instrucciones que establezca esta obligación. Sin embargo, quien se sale del guion es señalado. Se ridiculiza a quien decide vivir con una mochila, viajar, subsistir con donaciones o reducir sus necesidades al mínimo. Se exige respeto mientras se desprecia al diferente.
La brecha generacional es evidente. Los millennials crecieron viendo cómo sus padres y abuelos, sin hacerse ricos, alcanzaban estabilidad. El trabajo merecía la pena. Permitía una vida digna, una jubilación previsible, incluso una carrera laboral con antigüedad y promoción. Ese mundo desapareció. El modelo que se enseñó ya no existe, y la frustración es profunda.
A esta presión se suman otras imposiciones: estéticas, culturales, religiosas. Y aun así seguimos midiéndonos entre nosotros por el trabajo, como si de ello dependiera la capacidad de amar, de ahorrar o de ser buena persona. Se ignora que muchas personas no trabajan por enfermedad mental, dependencia familiar, abandono, precariedad extrema o simple agotamiento vital.
Las ayudas sociales fomentan el sometimiento y te estancan en el punto de partida. Y los fármacos psiquiátricos perpetúan la condición mental: anestesian, permiten vivir entre algodones sin resolver el origen del problema. Huir no es vivir, es autodestrucción personal y malestar crónico. O sea, malvivir, aunque te intentes adaptar a tu vida, es una forma de engaño.
Se dice que ahora se habla más de acoso escolar y laboral porque hay más información. Tal vez. O tal vez lo que ocurre es que la sociedad se está desmoronando. Basta preguntar al entorno cercano. Incluso la última generación de ancianos, entre los 65 y los 85 años, se apaga sin confianza en la humanidad, muchos en soledad, después de haber creído en un mundo que ya no existe.
Esta plataforma defiende reformas desde la raíz: jurídicas, laborales, sanitarias, morales, etcétera. Si no luchamos por todas ellas, dejaremos el mismo lastre que arrastramos desde hace más de una década a las generaciones venideras. ¿Seguiremos midiendo la dignidad humana por el trabajo o empezaremos por fin a cambiar el sistema que nos está desgarrando desde dentro, desde lo más profundo de nuestro ser? Porque la única forma de reparar un jarrón hecho pedacitos tras un golpe es pegarlo. Y la única forma de arreglarlo es si nunca nos rendimos para jamás ser vencidos. Ahí lo llevas, aunque yo me siga lamiendo mi pijo y por ende tú el tuyo.
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