África no es un territorio primitivo ni homogéneo. La mayor parte de su población vive en sociedades civilizadas, con agua potable, electricidad, transporte, comercios, escuelas, hospitales y ropa cotidiana, como en cualquier país del mundo.
Como ocurre en Europa, existen zonas concretas de pobreza, asentamientos precarios o barrios marginales, pero no representan al conjunto de la sociedad. En España también hay ejemplos claros de áreas de exclusión dentro de ciudades desarrolladas, como Valdemingómez, que pertenece a Madrid, o las Tres Mil Viviendas, en Sevilla.
La existencia de estos barrios no define a España como un país atrasado. Del mismo modo, los barrios pobres o chabolas de determinadas zonas africanas no definen la realidad del continente. Sin embargo, durante décadas, campañas humanitarias y medios han convertido esas excepciones en la imagen total de África.
Cruz Roja, UNICEF, Médicos Sin Fronteras y otras grandes ONG con sede o fuerte presencia en España llevan décadas mostrando las mismas imágenes: niños desnutridos, sucios, desnudos, llenos de moscas, en barrizales, sin casa, recibiendo vacunas o alimentos “gracias a tu donación”. Escenarios extremos que se repiten campaña tras campaña, como si el tiempo se hubiese detenido en África hace medio siglo. Solo falta el Rey León paseando entre chabolas para completar el decorado.
Estas imágenes no son casuales. Forman parte de un método de marketing probado, emocional e infalible, diseñado para generar impacto, culpa y donaciones constantes. Un método que sigue funcionando hoy igual que en los años setenta y ochenta.
La repetición de esta narrativa ha construido una visión completamente distorsionada en la sociedad española. África aparece como un lugar perpetuamente miserable, incapaz de valerse por sí mismo, habitado por personas que viven fuera de cualquier estructura moderna.
Mientras tanto, millones de ciudadanos españoles donan dinero desde situaciones económicas precarias, en algunos casos siendo más pobres que muchas de las personas que supuestamente “reciben” la ayuda. Muchos viven con salario mínimo y no llegan a fin de mes, pero participan por costumbre, sentimiento de culpa o tradición navideña. La donación se convierte en un acto automático: limpiar la conciencia, cumplir con el ritual solidario y no cuestionar nada más.
La consecuencia es una ciudadanía desinformada, infantilizada y convencida de que esa es la única realidad posible, sin acceso a datos, contextos ni matices.
El marketing de la pobreza ha creado un lenguaje visual tan potente que también es reproducido por personas locales, que saben cómo generar atención y recursos a través de redes sociales y streaming. En muchos casos, los protagonistas se hacen los pobrecitos, mostrando falta de agua potable, electricidad, ropa o servicios mínimos de sanidad, como exige la narrativa dramática que conocen desde hace décadas.
Sin embargo, la realidad tecnológica y económica contradice el montaje: muchos de estos individuos tienen acceso a cobertura de Internet, dispositivos con cámaras de alta calidad y suficiente dinero para pagar el consumo de datos, cargar los móviles y mantener la electricidad que requieren sus aparatos; recursos incluso mejores que las de algunos donantes europeos. Esto evidencia una paradoja: mientras la puesta en escena simula extrema necesidad, la infraestructura tecnológica y los recursos para sostenerla demuestran un nivel de conectividad y acceso que supera las condiciones básicas de muchos ciudadanos fuera de África.
Además, algunos africanos han aprendido a explotar su propia imagen de pobreza como espectáculo utilizando streaming, vídeos en redes sociales y entornos digitales, creando escenarios dramáticos que generan atención y donaciones. Incluso incorporan herramientas de inteligencia artificial para mejorar la puesta en escena: iluminación, montaje, efectos visuales o fondos que amplifican la sensación de extrema necesidad. Así, la percepción de precariedad se convierte en espectáculo rentable, mientras que la realidad cotidiana puede ser muy diferente: cobertura de Internet, dispositivos modernos y acceso a recursos básicos permiten mantener la narrativa sin que exista verdadera carencia extrema.
No se trata de tribus incivilizadas ni de personas desinformadas. Por el contrario, quienes participan en estas dinámicas conocen cómo actúa el marketing digital, cómo se mueve el dinero en el mercado de donaciones y cómo rentabilizar la atención de donantes a distancia. La pobreza dramática se convierte en postureo rentable, un espectáculo que genera recursos y mantiene engañados a los donantes europeos.
Detrás de la narrativa emocional no solo hay donaciones directas y campañas de apadrinamiento, sino también una industria paralela de productos solidarios que funcionan como herramienta de recaudación. ONG y organizaciones aliadas colaboran con empresas o canales de venta para comercializar artículos bajo la etiqueta de “solidarios”, que luego se promueven ante la ciudadanía como una forma de ayudar.
Uno de los canales más utilizados y que más vende en España es Correos, que distribuye productos solidarios de ONG como bolígrafos, calendarios o peluches. Esta dinámica es similar a la observada con productos de mayor valor, como la Barbie solidaria de Mattel: precio de venta 19–20 dólares, solo 0,37 € donados, y una fracción mínima que llega al destinatario final. (barbiepedia.com)
Esto plantea preguntas críticas para cualquier donante informado:
¿Qué porcentaje real del precio de venta llega a los proyectos humanitarios?
¿Cuánto se queda en costes de producción, intermediarios, logística y marketing?
¿No sería más eficiente destinar directamente ese dinero a quienes lo necesitan, en vez de financiar productos con fines solidarios que solo transfieren una fracción mínima al terreno?
Aunque estos productos generen ingresos y visibilidad, la transparencia sobre su impacto real es limitada, reforzando la idea de que muchas de estas iniciativas funcionan más como herramienta de marketing que como canal efectivo de ayuda directa.
La narrativa dominante de África como un continente sumido en pobreza extrema se enfrenta cada vez más a la voz de quienes la han vivido en primera persona. Personas que crecieron allí hasta la adolescencia o la mayoría de edad y luego emigraron a España relatan la vida cotidiana real, con acceso a servicios, comercio y tecnología, y destacan la percepción que tienen de los españoles: ingenuos por creer décadas de estereotipos difundidos por los medios.
Testimonios de personas desconocidas
Una joven nigeriana que vivió en Lagos hasta los 16 años comenta:
“Cuando llegué a España me di cuenta de que la gente pensaba que toda África era un desierto lleno de pobreza extrema. Yo vivía en una ciudad moderna, con colegios, tiendas, internet y vida cotidiana normal. Los españoles parecen ingenuos por creer 50 años de bulo repetido en los medios.”Un joven de Accra que vivió allí hasta los 18 años relata:
“En mis barrios había pobreza, sí, pero también clase media, tiendas, escuelas y hospitales. La imagen que se muestra en televisión no tiene nada que ver con la realidad que viví. Muchos españoles ni siquiera imaginan cómo funciona realmente la vida allí.”Otros testimonios recogidos en redes sociales y entrevistas informales señalan que el continente tiene acceso a tecnología, internet y redes móviles, y que la narrativa de miseria total es usada como espectáculo para recaudar dinero de donantes europeos, mientras que la población local aprovecha la conectividad para trabajar, estudiar y emprender.
Estos relatos muestran que, desde su experiencia directa, los españoles son grandes ignorantes al creer que la vida en África se reduce a pobreza extrema y miseria absoluta.
Voces digitales y periodísticas conocidas
Charity Ekezie, periodista nigeriana activa en TikTok e Instagram, desafía con humor la imagen distorsionada de África, mostrando vida urbana y tecnológica que rara vez aparece en los medios occidentales. (The Guardian)
Tayo Aina, fotógrafo y youtuber nigeriano, produce vídeo-reportajes sobre cultura, negocios y vida urbana, mostrando ciudades modernas, emprendimiento y turismo, lejos de la narrativa de miseria constante. (Wikipedia)
Movimientos y etiquetas como #TheAfricaTheMediaNeverShowsYou en Twitter recopilan imágenes y testimonios que muestran vida cotidiana, educación, cultura y emprendimiento, desafiando la visión reduccionista de los medios. (The Citizen)
Sin entrar en un cliché de Disney y convertirnos en un Robin Hood, lo factible sería que, si entre tus valores está ayudar a gente con menos recursos y estando tan de moda viajar para vivir experiencias de vida indiscutibles, cojas la maleta o la mochila y recorras primero los rincones de tu país, España.
Cuando encuentres necesidad, ahí tienes tu obra de caridad para hacer un regalo, tanto en Navidad como durante el resto del año. Y si aún así te sobra generosidad, entonces viaja hasta África, disfruta de sus paisajes y su gente. Y si, caminando y explorando, vuelves a reencontrarte con personas con más necesidades que tú y tu corazón te lo dicta, ya sabes a quién hacer esa nueva aportación.
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