Psicólogo por vocación o por estar cómodo en un sillón

La psicología en España arrastra una brecha profunda entre lo que la sociedad necesita y lo que realmente ofrecen gran parte de los profesionales. Mientras las universidades continúan dedicando gran parte de su formación a la historia de la psicología y a modelos clásicos, apenas se actualizan para incorporar herramientas modernas, nuevas metodologías y trastornos que han emergido o se han reconocido en las últimas décadas. El desfase entre teoría y realidad clínica es evidente, especialmente en un contexto donde los problemas de salud mental aumentan y los recursos públicos siguen siendo insuficientes: España tiene alrededor de 6 psicólogos clínicos por cada 100 000 habitantes, una de las cifras más bajas de la Unión Europea.

Muchos psicólogos no continúan formándose de manera seria ni realizan prácticas reales que permitan confrontarse con casos complejos. Ni durante la carrera ni después. Falta experiencia práctica, implicación y un trabajo clínico que vaya más allá del despacho. Paralelamente, la atención online, a la que cada vez más pacientes recurren por necesidad económica o accesibilidad, se ha convertido en una vía fría, superficial y, en la mayoría de los casos, ineficaz. No genera vínculo, no hay seguimiento profundo, no existe responsabilidad real y no se produce un acompañamiento clínico sólido. Reducir el trabajo del psicólogo a escuchar y tomar notas desde una silla resulta un modelo obsoleto, pero cómodo para quien se limita a cobrar la tarifa sin implicarse en la evolución del paciente.

Un ejemplo claro de esta brecha formativa es la dermatilomanía, también llamada trastorno de excoriación cutánea. A pesar de estar reconocida como un trastorno mental que afecta aproximadamente entre el 1 y el 4 % de la población —tanto adolescente como adulta— muchos psicólogos en España desconocen incluso su existencia o la confunden con conductas superficiales de ansiedad o nerviosismo. Esta falta de reconocimiento clínico refleja un déficit formativo evidente ante patologías propias de una sociedad moderna y compleja.

La práctica moderna exige un profesional preparado, capaz de intervenir más allá del sillón de la consulta. Igual que las empresas, cuando están en crisis, necesitan un plan integral con objetivos, mediciones, supervisión y una implementación real, una persona con un trastorno mental requiere un proceso estructurado: un dossier con metas tangibles y medibles, pautas escritas, seguimiento activo y revisiones constantes. Sin embargo, en la práctica habitual, casi nadie entrega un resumen clínico completo cuando el paciente termina la terapia o cambia de profesional. También se ignora que la mente está construida por genética, circunstancias y entorno; y que, si se quiere intervenir de verdad, hay que salir al entorno del paciente.

En trastornos como el obsesivo-compulsivo, por ejemplo, es necesaria la exposición en vivo, acompañando al paciente en los escenarios que detonan la ansiedad, sin cobrarlo como un extra. Es parte de la terapia, parte de la recuperación. Pero la realidad es que muchos profesionales evitan este tipo de trabajo porque requiere tiempo, implicación y esfuerzo, reduciendo la intervención a conversaciones semanales insuficientes. Un seguimiento eficaz debería ser presencial al menos dos veces por semana y un acompañamiento diario telefónico al inicio, especialmente al inicio. Ir una vez por semana resulta inútil para quien está en un estado crítico. Y en los casos más graves, ni siquiera la hospitalización ayuda si después no existe un seguimiento en el hogar y con las personas con las que el paciente convive. Nada de esto suele incorporarse en la práctica real. El resultado es un sistema superficial que no aborda raíces profundas y funciona como un negocio, no como un servicio de salud.

Además, estos estándares deberían ser obligatorios: planificación, seguimiento documentado, objetivos y evaluación continua. Si un profesional sabe que no puede recuperar a un paciente, debería derivarlo a otro de manera responsable, en lugar de prolongar una terapia ineficaz únicamente porque genera ingresos. La vulnerabilidad mental no debería ser una fuente de aprovechamiento económico. Se suma también que muchos estudiantes de psicología acceden a la carrera intentando comprender o gestionar sus propios trastornos, lo que demuestra, precisamente, que la teoría se queda corta incluso para ellos mismos.

La vida humana no es prioritaria y la psiquiatría y la psicología funcionan como un negocio altamente rentable, sostenido además por la distribución de fármacos. Una proporción significativa de estos actúa más como sustancias placebo que como tratamientos eficaces, porque el cerebro sigue siendo un territorio prácticamente desconocido y no existe una forma real de optimizarlo mediante pastillas. Y el resto de los medicamentos, los que sí producen efectos evidentes, suelen ser compuestos sedantes que adormecen, mantienen a la persona en una especie de nube y muy calmada, pero sin capacidad real para vivir plenamente. Estar anestesiado emocionalmente puede servir para desconectar un rato, pero no para sostener una vida plena y satisfactoria.

Protocolo Obligatorio de Intervención y Seguimiento en la Salud Mental

1. Informe de Evaluación Inicial

  • Registro detallado de todos los antecedentes relevantes del paciente.

  • Evaluación clínica completa de síntomas, historia médica y psicológica.

  • Recogida de toda la información disponible para establecer un diagnóstico preliminar.

2. Consultas por etapas de vida

  • Hasta las tres primeras consultas, se realiza la biografía por etapas de edad:

    • De 4 a 12 años

    • De 12 a 25 años

    • De 25 a 50 años (según corresponda)

  • Consulta adicional con familiares directos y convivientes, para completar la información contextual.

  • Recogida de todos los datos, síntomas y comportamientos observados.

  • Diagnóstico oficial: asignación de nombre de la enfermedad y grado de afectación.

3. Plan de Intervención Obligatorio

  • Estrategias concretas dentro y fuera de la consulta, entregadas al paciente y a los familiares en copia física o digital.

  • Definición de objetivos medibles y tangibles, con seguimiento estadístico del progreso.

  • Uso de tecnología avanzada: grabación de sesiones (cuando corresponda) para que el paciente pueda reconocer su progreso.

  • Implementación de equipo multidisciplinar: coordinación entre psicólogos, psiquiatras, profesionales sociales y educativos según necesidad.

  • Aplicación de exposición, reestructuración ambiental y supervisión familiar, con pautas escritas para convivientes.

  • Acompañamiento activo: los profesionales deben salir de la consulta para intervenir en el entorno real del paciente, garantizando continuidad y efectividad.

  • Archivado obligatorio: copia de todos los documentos y protocolos se conserva en la consulta, clínica, hospital o centro de salud correspondiente, además de entregarse a paciente y familiares.

4. Seguimiento y alta

  • Para enfermedades crónicas, aunque se otorgue alta provisional, se requiere un seguimiento mínimo de tres visitas al año, con informe escrito y copia para el paciente.

  • Evaluación continua del cumplimiento de objetivos, ajuste de estrategias y actualización del plan según evolución.

Si no quieres seguir tirando tu dinero en cada consulta y deseas que la salud mental sea realmente efectiva, firma aquí la campaña para exigir la implantación del Protocolo Obligatorio de Intervención y Seguimiento en todas las consultas y centros del país.

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