Durante años aceptamos ciertos conceptos matemáticos como si fueran verdades absolutas: π, el infinito, la probabilidad, la estadística o los algoritmos. No porque los entendamos en profundidad, sino porque el sistema educativo, los medios y la cultura general los presentan como indiscutibles. Funcionan más como pilares culturales que como certezas vividas: nadie ha visto el infinito ni ha verificado personalmente π con precisión absoluta, y casi nadie comprende cómo un algoritmo procesa datos. Pero aun así los damos por hechos y vivimos según sus consecuencias.
El problema llega cuando estas ideas abstractas se utilizan fuera de las ciencias puras, especialmente en política, economía, consumo y comportamiento social. Ahí es donde entran los medios de comunicación, las consultoras y las agencias que elaboran investigaciones de mercado. Recogen muestras diminutas, extrapolan y convierten un fragmento insignificante de población en una “verdad estadística” que se repite a todas horas en televisión, radio, prensa e internet. La estadística funciona: los números son correctos para la muestra. El problema es que la extrapolación constante y la repetición nos condicionan. El mensaje se vuelve omnipresente.
Y cuando el mensaje es constante —acústico y visual, una y otra vez— un gran porcentaje de la población acaba claudicando. No porque piense, sino porque rinde. El cerebro se adapta a lo que oye y ve repetido sin descanso.
Eso ocurre con la política: si se repite durante semanas que cierto partido sube, que cierto candidato tiene más posibilidades, o que tal bloque es la tendencia, una parte de la población termina ajustando su voto para alinearse con la narrativa dominante. No es predicción; es inducción. La gente se comporta como aquello que se le ha dicho que probablemente va a hacer.
Ocurre lo mismo en economía. Si los medios repiten “viene una crisis”, la población empieza a ahorrar, reduce consumo y crea la crisis que se había anunciado. De nuevo: la probabilidad se vuelve realidad porque la audiencia actúa según el relato, no según los hechos.
Sucede también con los gustos. Si te repiten durante semanas que el estampado a cuadros está de moda, al principio te parece feo, pero después de verlo en escaparates, influencers, anuncios y redes sociales, tu percepción se reprograma. No porque te sedujera, sino porque lo viste tantas veces que tu cerebro decidió que “normativo = aceptable”. Lo mismo con tatuajes, destinos de vacaciones, gadgets o estilos de decoración. Repetición más estadística de investigación de mercado convertida en marketing: combinación ganadora.
La fórmula es siempre la misma:
1. Una investigación de mercado con un muestreo pequeño.
2. Se presenta como “tendencia” o “comportamiento probable”.
3. Los medios amplifican ese resultado con un bombardeo continuo.
4. La gente lo oye y lo ve tantas veces que lo asume como propio.
5. La profecía se cumple porque la población actúa según la predicción.
Eso es lo irónico: muchas de las matemáticas que nos tragamos —probabilidad, estadísticas, predicciones, algoritmos— funcionan perfectamente como herramienta para organizar información, pero su verdadero poder no está en predecir la realidad, sino en moldear nuestra percepción y conducta.
Nadie ha verificado personalmente si el infinito tiene tope ni ha calculado π hasta el último dígito; aceptamos sus efectos sin preguntarnos quién las puso ahí y por qué.