Somos tanta población mundial, incluso tanta cantidad de humanos a nivel nacional, que a veces parece que no hay humanidad, solo números en base a coste-beneficio.
Ciertas normativas y leyes, como las que a continuación se proponen, que solo serían un coste para el ciudadano, a veces no convienen, no porque no se haya pensado en ellas, sino porque lo que realmente se pretende es que los accidentes y catástrofes sigan causando bajas en un mundo tan saturado de personas.
En un contexto donde la ingeniería podría salvar miles de vidas con simples medidas preventivas, la omisión se vuelve cómplice. Ya sea en el mar, en tierra o en el aire, el denominador común es el mismo: una sociedad que prioriza la rentabilidad por encima de la supervivencia.
En un mundo cada vez más tecnificado, la seguridad parece un concepto relativo. Se diseñan sistemas sofisticados, protocolos y normativas, pero demasiadas veces no se aplican pensando en salvar vidas, sino en cumplir con el mínimo coste posible.
Detrás de cada catástrofe —ya sea una DANA en el interior del país o un accidente en alta mar— hay una constante inquietante: la falta de humanidad en la ingeniería y la gestión del riesgo.
Cruceros y botes cerrados: seguridad o trampa mortal
Los botes salvavidas de muchos cruceros modernos parecen diseñados más para cumplir con la normativa que para proteger a las personas. Llevan techos rígidos, escotillas difíciles de abrir y capacidad limitada. En teoría, protegen del frío y del oleaje. En la práctica, si el barco vuelca o el bote se llena de agua, se convierten en trampas mortales.
Durante los simulacros, apenas se explica cómo abrir las escotillas. Algunos tripulantes no tendrían tiempo ni de accionar las cuerdas de emergencia si el bote quedara boca abajo. La ingeniería está ahí, pero la falta de sentido común y de pruebas reales de supervivencia pone en riesgo a todos.
Quizá la solución no sea más tecnología, sino botes sin techo, techos rompibles o botones de apertura en cada fila de asientos. Algo tan simple como un botón de emergencia —que ya existe en ascensores, trenes o aviones— podría marcar la diferencia entre vivir o morir.
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Inundaciones urbanas: coches atrapados y ciudadanos desprotegidos
En tierra, el problema no es muy distinto. Las DANAs, con sus lluvias torrenciales y desbordamientos de ríos, han dejado al descubierto otra verdad incómoda: los coches no flotan, se hunden y atrapan.
Muchos conductores se quedaron dentro porque pensaron que “no era tan grave”. Otros intentaron salvar el coche, no la vida. El agua subió rápido, los arrastró y no hubo tiempo de reaccionar.
Lo más trágico es que muchas de esas muertes podrían haberse evitado con una preparación mínima: saber cuándo salir del vehículo, llevar un chaleco salvavidas o un pequeño bote hinchable de emergencia.
Si la ley obliga a llevar un triángulo y un chaleco reflectante, ¿por qué no también un chaleco que flote? En una DANA, la flotabilidad inmediata puede marcar la diferencia entre sobrevivir o desaparecer en segundos.
La paradoja de la seguridad
Ciertas normativas y leyes, como las que podrían implementarse para prevenir tragedias, supondrían solo un coste para el ciudadano. Y, sin embargo, parece que no se aplican, no porque nadie haya pensado en ellas, sino porque no convienen.
Hay quien sospecha que lo que realmente se pretende es mantener una gestión fría y numérica de la vida humana, donde los accidentes y catástrofes reducen cifras en un mundo saturado y agotador de personas.
La combinación ideal sería simple:
Chaleco salvavidas individual: se infla al contacto con el agua o con un tirador manual.
Mini bote hinchable: cabe en el maletero, se infla en dos minutos y puede sostener a una o dos personas.
Martillos rompecristales y linternas flotantes: para salir del coche y señalizar la posición.
En una DANA, el tiempo es oro. Mientras un coche o una vivienda se llena de agua en segundos, un chaleco te mantiene a flote y un bote te mantiene con vida. No es una exageración: es supervivencia básica.
¿Velan por nuestra seguridad?
Nos montamos en un avión y damos por hecho que todo está organizado y que el teatro de cómo usar la mascarilla de oxígeno en caso de emergencia es velando por nuestra seguridad. Pero lo cierto es que ese mismo teatro solo nos hace sentir seguros, aunque la realidad sea otra.
¿Cómo se podrían salvar vidas en vuelo?
En los accidentes aéreos más graves, hay una parte del avión que suele resistir más de lo esperado: los asientos.
Su estructura, muchas veces subestimada, podría ser la clave para futuras mejoras en seguridad aérea.
Los asientos están diseñados para absorber energía y permanecer anclados al suelo incluso en impactos extremos.
Cada fila se comporta como una jaula metálica compacta:
Estructura reforzada:
Se fijan sobre rieles de aleación de titanio o aluminio, capaces de soportar más de 16 veces el peso corporal de los pasajeros.Deformación controlada:
Sus anclajes ceden lo justo para disipar parte de la fuerza del impacto sin romperse.Módulo solidario:
Al ir unidos de tres en tres, los asientos se refuerzan entre sí, actuando como un esqueleto interno dentro del fuselaje.
En 1971, Juliane Koepcke, única superviviente de un accidente en la selva amazónica, cayó más de 3.000 metros sujeta a su asiento.
La estructura del asiento amortiguó parte del impacto, y las copas de los árboles terminaron de frenar su caída.
Su supervivencia —real e inspiradora— demuestra que el diseño del asiento puede ser decisivo.
Ingenieros y diseñadores ya estudian cómo convertir cada módulo de asientos en cápsulas de seguridad individuales, equipadas con:
Airbags envolventes
Paracaídas integrados
Mamparas protectoras retráctiles
Flotadores para amerizajes
El objetivo es claro: que cada pasajero viaje dentro de una microcápsula protectora, capaz de sobrevivir incluso si la aeronave no lo hace.
Si realmente se pretendiera salvar vidas, la ingeniería ya habría dado el paso.
La tecnología y los recursos existen; lo que falta es voluntad. Bastaría con aplicar el mismo rigor con el que se impone el carnet por puntos, las multas, el cinturón de seguridad, las salidas de emergencia o la obligación de instalar extintores cada ciertos metros en interiores.
La diferencia entre una norma y una verdadera medida de supervivencia está en el propósito con el que se crea.
Y aunque nada puede garantizar un 100% de efectividad, sí es posible diseñar planes de contingencia, emergencia y salvamento que podrían haber salvado —y aún podrían salvar— hasta un 80% más de vidas humanas.
Basándonos en los datos disponibles, la implementación de chalecos salvavidas en coches, botes hinchables de emergencia y cápsulas de seguridad en aviones podría salvar miles de vidas cada año. Solo en Europa, se estima que mueren unas 20 000 personas al año por ahogamiento. Si con estas medidas se redujera un 50 % de esas muertes, estaríamos hablando de ≈10 000 vidas salvadas anualmente, sin contar los beneficios adicionales en accidentes de transporte aéreo o marítimo. Estos números muestran que la ingeniería y la preparación no son teoría, sino una herramienta concreta para preservar vidas.
¿Es diabólico pensar que el sistema que nos protege se lleva puntos de meritaje por cada baja?
Como en el videojuego Carmageddon del 97.
¿Y si por eso, incluso en estados de alerta como durante el COVID, existe cierta incompetencia, falta de suministros, personal, oxígeno, mascarillas…?
¿Hay incentivos económicos o ascensos ligados a la mala praxis?
¿O simplemente es la ineptitud de quienes gobiernan al pueblo, al inocente pueblo?