Beverly Hills, 90210: una obra superficial con un potencial temático

Cuando apareció en 1990, Beverly Hills, 90210 intentó algo poco frecuente en la ficción juvenil: convertir una serie destinada a adolescentes en un escaparate de conflictos sociales y éticos. Durante sus diez temporadas, la serie abordó una sorprendente variedad de temas que iban mucho más allá del romance adolescente habitual.

Entre ellos aparecían la violación, las falsas acusaciones de abuso, los abusos sexuales dentro de la familia, la prostitución juvenil, la pornografía, el racismo, la homofobia, el VIH y el estigma asociado al sida —muy presente en los años noventa—, el embarazo adolescente, el divorcio, la violencia doméstica, el suicidio, la autolesión, el consumo de drogas y alcohol, el juego y la ludopatía. También abordó trastornos alimentarios como la bulimia, la obsesión por la perfección física, la presión estética y la cirugía, el fracaso personal, escolar o sentimental, así como enfermedades graves como el cáncer o la importancia de la donación de médula.

La serie incluso se adentró en cuestiones complejas como la discapacidad y la integración social, la adopción por parte de parejas homosexuales, la adicción al sexo, o dilemas éticos como la eutanasia y la voluntad de morir ante una enfermedad terminal. A todo ello se añadían conflictos de género, en los que algunos personajes masculinos tratan a las mujeres como objetos sexuales.

El fenómeno del acoso aparece también en distintas formas: insultos y humillaciones entre compañeros, difamación dentro del instituto, presión social dentro del grupo de amigos y, más adelante, situaciones de acoso en entornos universitarios o laborales. En ese sentido, la serie intentaba reflejar que los conflictos sociales no se limitan al instituto, sino que atraviesan diferentes etapas de la vida.

Otro rasgo llamativo del guion es la repetición constante de fórmulas de diálogo y gestos. En casi todos los episodios, los personajes se preguntan entre sí “¿Estás bien?” o “¿Está todo bien?”, apareciendo esta línea al menos dos veces por capítulo. Además, detalles visuales como que los personajes casi siempre elijan zanahoria como alimento se repiten de manera sistemática, generando un patrón reconocible aunque anecdótico.

La amplitud temática es, sin duda, uno de los aspectos más llamativos de la serie. Sin embargo, su tratamiento suele ser superficial y episódico. Los problemas se introducen con intensidad dramática, pero los desenlaces a menudo resultan exagerados, moralmente discutibles o resueltos mediante moralejas simplificadas que rozan la demagogia. En muchas ocasiones, conflictos complejos se cierran con finales casi de cuento que reducen su peso real. A ello se suma el recurso constante al perdón como solución narrativa, donde traiciones o conflictos se resuelven rápidamente mediante reconciliaciones que simplifican la complejidad emocional.

Otro recurso que termina resultando excesivo es el de los arrestos y problemas legales. A lo largo de la serie, prácticamente todos los personajes centrales pasan por comisaría: Brandon Walsh, Brenda Walsh, Dylan McKay, Donna Martin, Valerie Malone, Kelly Taylor, Matt Durning, e incluso otros personajes del entorno. La reiteración de este recurso convierte la detención en un mecanismo dramático recurrente que termina restando credibilidad.

Con el paso de las temporadas, muchas tramas sentimentales se convierten en círculos repetitivos de rupturas, reconciliaciones y triángulos amorosos. La relación entre Brandon Walsh y Kelly Taylor es el ejemplo más claro: años de idas y venidas que culminan en una boda frustrada. Este tipo de desarrollo prolongado genera una sensación de desgaste narrativo y de falta de evolución real.

Además, muchos episodios pueden verse de forma aislada sin perder el hilo general, lo que provoca que algunos capítulos resulten prescindibles o repetitivos, sin aportar suficiente valor dramático. Esta estructura contribuye a una sensación de guion estancado.

La falta de renovación se percibe también en decisiones de personajes y escenarios. La sustitución de Valerie Malone por Gina Kincaid, hermana de Donna Martin, repite esquemas sin aportar novedad. Del mismo modo, la casa de los Walsh continúa siendo un punto de encuentro central incluso cuando ya no quedan miembros de la familia, reforzando la sensación de inercia narrativa.

A pesar de estas limitaciones, la serie tuvo una virtud poco común: introducir debates sociales en una ficción juvenil de gran audiencia. En la televisión española de los noventa, producciones como Médico de familia o Los Serrano también abordaron conflictos sociales, aunque desde una perspectiva más familiar.

En décadas posteriores, muchas series juveniles cambiaron de enfoque. Producciones como El Internado, Física o Química o Sin tetas no hay paraíso, así como estadounidenses como Gossip Girl o The O.C., priorizaron el entretenimiento, el impacto y la estética sobre el contenido social o moral.

Lo más llamativo es que, fuera de la televisión, la sociedad real tampoco ha cambiado sustancialmente en lo esencial. Los conflictos humanos que la serie mostraba siguen vigentes; lo que ha evolucionado es la forma: tecnología, estética y sofisticación visual.

La serie, vista hoy, resulta sorprendentemente actual en sus dilemas.

La conclusión es contundente: en la temporada 10, Sensación de Vivir marca un punto de inflexión. La serie abandona casi por completo su ambición temática y se centra en resolver tramas amorosas, dejando de lado los conflictos sociales que la habían definido.

Paradójicamente, en el último capítulo aparece un momento en el altar que recupera, aunque sea brevemente, los valores del matrimonio y la idea de un compañero de vida, alguien que ha estado presente a lo largo del tiempo. Es un instante que recuerda lo que la serie fue capaz de transmitir.

Pero ese momento es la excepción. El conjunto de la temporada confirma un cambio más profundo: el inicio del milenio; una etapa donde el cine y la televisión se orientan hacia un entretenimiento banal, que se justifica como evasión de los problemas, pero que renuncia a aportar contenido ético, cultural o moral.

Y sin embargo, ambas cosas no son incompatibles. La ficción puede entretener y, al mismo tiempo, transmitir valores o generar reflexión. Beverly Hills, 90210 lo intentó, aunque de forma imperfecta.

Desde entonces, lo que ha predominado es otra cosa: sofisticación en la forma, pero repetición en el fondo.

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